Crónica de una muerte anunciada

Vuelvo a robarte Gabo, ya lo he hecho otras veces. Quién mejor que tú para iluminarnos con tanta facilidad de palabra. La primera vez que te robé fue cuando me permití citar una frase de tu autobiografía, « Vivir para contarla », donde confesabas que soñabas ser algún día como el maestro de la banda que tocaba todos los domingos en el quiosco de la plaza de tu pueblo. Ni bien terminaba la misa, corrías al parque a escuchar Verdis y Rossinis, pero también a Juventino Rosas y a Gardel. Lo contabas con tanto amor y tanta melancolía que casi  me parecía escuchar esos sones y respirar el aire fresco de la mañana antes de que arreciara el calor del mediodía. La banda regalaba con generosidad y desenvoltura todas aquellas melodías que hacían vibrar, infaliblemente, a tus padres y abuelos. Hoy cada vez que las escuchas te reenvían inexorablemente a ese pasado, incitándote incluso a tu pesar, a jugar al juego de la memoria, y recordar con nostalgia aquellos momentos. También yo, en otro tiempo y lugar, puedo ver ese brillo inexplicable en la mirada de la gente que viene a escucharnos a algún concierto de domingo. Es hermosa la sensación. Y escalofriante.

Esta paradoja es una trampa de la que no puedo zafarme. Lo he pensado mucho, y no sé si a ti te pasa lo mismo. Si quiero volver a ver ese brillo en los ojos de mi público, debo inevitablemente retornar a mis magdalenas de Proust. Aquella canción, aquel pasodoble, o a aquella marcha que gustan tanto y provocan placer al oírlas.

A veces me digo que voy a variar ligeramente el menú, cambiar algún ingrediente. « Revisitar » alguna pieza,  como dicen los cocineros franceses, cuando presentan un plato tradicional de una manera diferente, fresca, incluso innovadora, aunque sin traicionar el espíritu de la receta original. Todos nos sentimos más seguros cuando tenemos algún punto de referencia. Ese anclaje que da sensación de pertenencia. 

Claro que también hay cocineros iconoclastas, que rompen y patean tableros, y que en lugar de volver sobre lo conocido, prefieren la ruptura radical. Una bofetada en pleno rostro, sabiendo que luego del shock uno recobrará el espíritu, aunque no saldrá indemne de la experiencia. Edgar Varèse era uno de ellos. 

Decía escalofriante pensando en mis hijos. Me he dado cuenta que les encantan las patatas fritas tanto como a mí. Vamos, que no voy por la vida destilando aires de fino gourmet. Me encantan las patatas y lo asumo con total franqueza. Pensaba en mis hijos como lo haría cualquier persona con dos dedos de frente y un cierto sentido de la paternidad, pues me he dado cuenta que no puedo ofrecerles una dieta alimentaria basada en la susodicha verdura frita, y no porque no quiera verlos felices, sino justamente porque los quiero como lo más preciado.

No pasa una semana sin que le pregunte a algunos de mis músicos (que no son mis hijos pero también me preocupan) si almuerzan exclusivamente pizzas, hamburguesas o, por supuesto, patatas fritas. Me miran siempre atónitos, como preguntándose qué bicho me ha picado. Que qué clase de preguntas son esas hombre, claro que es imposible alimentarse con hamburguesas todos los días, no sólo que se hartaría uno rápidamente sino que se iría inevitablemente a una muerte segura por obesidad (otra pandemia silenciosa que ha pasado a un segundo plano víctima de otra más actual).

¿Y entonces cómo te alimentas? (me encanta hacer el papel del tonto de turno) Pues no es tan difícil mira, variedad de colores y sabores, mucha verdura, algunas proteínas, cuidado con los hidratos, todo en cantidades moderadas y sin saltarse ninguna comida, como cuando éramos bebés, comiendo cada 3 horas. ¿Qué? ¿y con eso ya está? pues sí. Con esto te garantizo una vida saludable, además de ayudarte a mantener el espíritu abierto para cuando algún cocinero te proponga algún alimento exótico que aún no hayas probado en tu vida. Joder, y yo ahí pensando qué hacer con mis patatas. 

Me pregunto sin embargo con qué legitimidad puedo elegir el menú de mis músicos en cada programa. 

Creo que finalmente lo hago con la misma legitimidad con la que intento transmitir valores a mis hijos. Estoy en un rol similar. Claro que ya me he dado cuenta que todo lo impuesto de manera vertical produce un efecto refractario, pero que si lo hago con una dosis de inteligencia y sin bajar línea, puedo incluso pretender ayudar a que se construyan una educación basada en la curiosidad, en el espíritu crítico, en el buen gusto y en definitiva en la libertad que da el hecho de ser autónomo. 

En mis años de formación, recuerdo haber escuchado un postulado que decía que uno « debía educar a su audiencia a escuchar estéticas diversas », adentrarlos en la modernidad, ofrecer obras originales en detrimento de las transcripciones, que llegaron a ser consideradas como un tabú en la carta de algunos restaurantes elitistas.

No es un deber acostumbrar a alguien a comer coles de Bruselas como hacia mi madre conmigo porque los consideraba buenos, esperando que algún día yo decidiera, por iniciativa propia, prepararme algún plato con ellos. 

Ese día todavía no ha llegado. No estoy seguro si es porque las coles de Bruselas me siguen sabiendo amargas o simplemente porque quiero darle la contra a mi madre. Qué importa. Eso sí, con el tiempo he comprendido el mensaje, e incluso le he tomado cariño a la idea de transmitir valores. Se trataba de eso. 

Ahora intento enseñar conceptos más que conciertos. 

A decir verdad aquel postulado no tenía ninguna mala intención, por el contrario, sólo pretendía depositar en los « detentores del saber », como se decía,  la noble misión de elevar al pueblo por medio del arte. Sea. ¿Pero cómo aplico una idea decimonónica en tiempos de móviles, tabletas y otras pantallas? ¿De verdad cargo sobre mis espaldas semejante responsabilidad?. Los paradigmas han cambiado.

Mis hijos terminarán haciendo lo que les apetezca, más temprano que tarde, y si quieren comer patatas con ketchup pues lo harán. 

Me olvido entonces de aquel postulado, que dicho sea de paso funciona tipo conejo, saltando delante de mis narices cada vez que mi cultura y conocimiento hacen agua. Uno se aferra con fuerza a ciertos credos inamovibles porque dejan el espíritu tranquilo. Me dan serenidad al creer que estoy haciendo lo correcto. Además, si todos lo hacen será que está bien…

Aquí va otro conejillo. « No existen malas obras, sólo existen malos intérpretes ». Un excelente chef de cocina podrá seguramente sublimar algún producto y transformarlo en diversos platos suculentos a condición de que dicho producto, a la base, no sea mediocre. De lo contrario podrá realizar a lo sumo un solo plato y con suerte transformarlo de mediocre en pasable. No creo que el mismo chef se permitiera invitar a cenar a sus suegros con semejante bodoque (a pesar de que éstos se lo tengan merecido).

Hay obras, que por su calidad indiscutible pueden ser sublimadas en multiples versiones, soportando lecturas diversas a través de las épocas, sin que ellas se vean alteradas en su más mínimo. Al contrario, parecen resurgir enriquecidas y más gloriosas, incluso cuando algún mal cocinero las queme sobre la hornalla. 

Me asalta la imagen de la emblemática 5ta de Beethoven, que sigue soportando lecturas y embates de todos los colores, resistiendo estoicamente por la nobleza de los elementos que la constituyen. Pienso en las lecturas románticas y masivas de los años 50 y 60, pasando por las lecturas programáticas que se harían más tarde, casi como una banda sonora, con contrastes dinámicos dignos de efectos especiales, para llegar a lecturas que supuestamente la devuelven a su fuente, más transparente, más ligera, más veloz incluso de lo que el mismo Beethoven había estipulado con su Maelzel « defectuoso », más manierista incluso, casi barroca. Y ella sigue allí, estoica.

Hay otras que soportan a lo sumo una lectura, y al mínimo cambio de perspectiva se caen a pedazos como consecuencia de su débil constitución.

Claro que la cosa puede darse al revés. Cómo olvidarme el día en que mi padre me confió un filete de ternera espectacular, de esos que según él se ven cada vez menos, para que se lo asara al punto. Y hubo allí un concurso de circunstancias fatales que hicieron que en lugar de entregarle una carne jugosa y tierna le diera un trozo de caucho negro que no podía cortarse ni con una sierra eléctrica. A pesar de tener entre mis manos un filete de alta calidad me las arreglé para quemarlo completito por mi ignorancia en las artes culinarias. Pienso en el pobre Ludwig van y me agarro la cabeza.

Tercer conejillo saltarín. « Si en un programa sinfónico mezclo obras de calidad, el programa que resulte será de calidad ». Es probable que si se me ocurriera realizar un programa con, digamos, Monteverdi, Schumann y Scelsi termine confundiendo a más de un oyente en cuanto a la conexión de esas estéticas, pero que la calidad estará presente, de eso no habrá duda. Es lo que sería, digamos, un menú exótico, donde el contraste extremo de sabores es lo que se persigue. Por el contrario, si presento algo como Mozart, Brahms y Debussy, seremos felices y comeremos perdices. Estamos ante valores seguros. Lo que no falla. Lo que pondríamos en la mesa de una boda para agasajar a todos los invitados.

Puestas la cosas de este modo, la problemática del director de orquesta se resume a no disponer de suficientes vidas para tener el tiempo de dirigir ese corpus maravilloso que es la música instrumental de los últimos 300 años. A veces pienso en ello y me digo que es un milagro que existan semejantes monumentos. Son los faros y los jalones que siguen iluminando el camino de un músico. De ahí para abajo todo, diría mi maestro, a quien le agradezco haya tenido la delicadeza de advertirme que no sólo de patatas fritas vivía el hombre, y que confrontarse a platos de ese calibre era la única manera de formar mi paladar.

¡Hermoso! me dan ganas de compartirlo con mi banda y que ellos también se llenen la boca con esas delicias. Hacernos unos conciertos pantagruélicos poniendo lo mejor que tengamos. ¿Porqué servir fast-food si puedo tomarme el tiempo de ofrecer slow-food? El problema es que mi carta de menú bandístico no tiene 300 años de tradición, sino a lo sumo la mitad. Pero como diría el gran Igor, uno es más creativo cuando tiene límites. A ver qué coño sirvo entonces.

El otro día conversaba con otro de mis queridos maestros y me dijo casi como al pasar, « llevamos años trabajando en esto del repertorio pero los programas en lugar de mejorar van de mal en peor ». Se hizo un silencio espeso, de esos que casi se pueden cortar con una navaja de tan denso.

En mi cabeza las ideas estallaban como bombas, tratando de explicarme a la velocidad de la luz cuáles son las razones para semejante afirmación. Volví a sentirme en la trampa esa de la que quiero salirme.

Ludwig van y su 5ta Sinfonía irrumpieron nuevamente como un malón. ¿Qué es lo que hace que su sinfonía sea tocada una y otra vez a través de los siglos y siga manteniéndose vigente? Bueno hombre, es que es una obra de arte mayor. Ya, pero que no me alcanza como respuesta. Necesito otro tipo de fundamento, algo que me permita evaluar objetivamente el texto y determinar concretamente cuáles son los rasgos inherentes a su calidad.

Pienso en su FORMA por ejemplo, equilibrada, clara y comprensible, implacable de lógica, que funciona como un generador de energía que explota en esa célebre conexión entre el tercer y cuarto tiempo, casi como una catarsis liberadora hacia la apoteosis de la victoria.

Pienso en su ARMONÍA, sombrío y terrible Do menor, que genera « dolores secretos, cóleras reconcentradas, melancólicos ensueños, nocturnas visiones, ímpetus de entusiasmo… » para culminar en un cambio de modo comparable « al canto gigantesco de victoria, libre de sufrimientos terrenales para lanzarse radiante a los cielos ».

Qué decir sobre lo que concierne a la MELODÍA, con su eterno y ciclotímico motivo de tercera que retorna implacable, a veces enmascarado o transformado, subrepticiamente, como para recordarnos que  « so poch das Schicksal an die Pforte » como cuentan que dijera el secretario del maestro cuando le preguntara por el significado de ese comienzo tan original.

Pienso en la riqueza del RITMO, en su pulso vital, y en su métrica maquiavélica, como la del scherzo, o en los juegos agógicos que generan ese swing tan particular. Y finalmente pienso en todo el resto, en el SONIDO, en las articulaciones y en las dinámicas contrastantes, en las texturas diversas, desde la monodía a la polifonía, pasando por acordes en bloque y la mélodía acompañada. Remarco la orquestación, que por primera vez en la historia incluye una flauta piccolo, tres trombones y un contrafagot, instrumentos que por lo general se encontraban en la ópera o en la música religiosa, poniéndolos ahora al servicio de la obra, sobre el final, para que el efecto dinámico sea aún mayor. 

Éstos son parámetros medibles, están en el texto. Son objetivos. Puedo entonces decirme que son criterios de calidad que escapan a la simple subjetividad, al gusto personal, al afecto. Cualquier obra que pasara por este tamiz y lo resistiera, estaría entonces apta para ser servida en la mejor mesa. Aquí se me ocurre que debería saltar otro conejillo que dijera ¡cuidado! es peligroso programar lo que a uno le guste sin análisis objetivo, salvo que creamos que nuestro buen gusto sea inimitable y que nuestra cultura sea de lo más fundado y sabio que existe. La confianza mata al cocinero.

Claro que no soy el primero en prestarme al juego del tamiz. En lo que respecta a la literatura de banda se han realizado ya algunos estudios que nos permiten identificar el mérito o la calidad artística de una obra. Un detalle que me ha llamado mucho la atención es que los tres estudios conocidos han sido realizado en Estados Unidos, por lo que el campo sociológico de los mismos queda finalmente limitado a esa región del planeta. Se sobreentiende entonces que la lectura de tales datos sólo es posible desde la perspectiva que impone el contexto, su cultura y su tradición, el rol del banda en la comunidad, en la escuela, en el ámbito cultural, etcétera. Todos parámetros diametralmente opuestos de lo que sucede en otras realidades, como la europea. 

No obstante muchas de las obras que finalmente son comunes a los primeros dos estudios, provienen de la cuna de la música occidental, Europa.

Los estudios de campo a los que hago mención fueron realizado por Acton Eric Ostling (1978) y Jay Gilbert (1993) abarcando un período de aproximadamente 200 años. Un tercer estudio, Clifford Towner (2010) ampliaría el campo de estudio hacia el siglo XXI, intentando además ampliar el espectro de estudio fuera de los límites de Estados Unidos.

Éstos son los criterios que Ostling utilizaría para determinar si una obra reunía las características necesarias para ser considerada como de « mérito artístico serio », luego de consultar escritos y ensayos teóricos de musicólogos, filósofos de la estética del arte, compositores y colegas directores.

  1. La composición tiene forma, no una forma, sino forma. La cual refleja un balance adecuado entre repetición y contraste.
  2. La composición refleja contornos y diseño, dando la impresión de que las decisiones tomadas por el compositor son conscientes y juiciosas.
  3. La obra refleja técnica en el arte de la orquestación, demostrando un balance adecuado entre pasajes de escritura transparente con respecto a los tutti, como así también un balance de colores entre pasajes solistas y por grupos instrumentales.
  4. La composición es lo suficientemente impredecible permitiendo de esa manera que su significado musical no sea comprendido inmediatamente.
  5. El viaje musical que propone la obra, desde sus inicios hasta sus objetivos últimos no es completamente directo y obvio.
  6. La composición es consistente y coherente durante toda su duración, como así también en sus distintas secciones .
  7. La composición es sólida en su estilo, reflejando un dominio técnico completo en sus detalles, en la claridad de la concepción de ideas, evitando derivas hacia pasajes triviales, fútiles o inadecuados.
  8. La composición refleja ingenio en su desarrollo, dentro del marco de estilo en el cual existe.
  9. La composición es genuina en su lenguaje y no es pretensiosa.
  10. La composición refleja un valor musical que trasciende factores de importancia histórica o factores de utilidad pedagógica. 

Inicialmente, Ostling evaluó una lista de 1481 obras. El resultado de la evaluación arrojó un número de 314 composiciones que entraban en los criterios de calidad mencionados más arriba. 

El estudio de Gilbert, tomaría como base las 314 obras de Ostling y agregaría las nuevas composiciones que fueran escritas en los años que siguieron al primer estudio, aunque dejaría fuera la música circunstancial, como fanfarrias y marchas, para concentrarse más en el repertorio de concierto.

Por último, Towner analizaría un total de 1680 composiciones, incluyendo las 362 que ya habían sido seleccionada por los dos estudios previos.

Si se comparan las obras comunes elegidas por los tres estudios, se llega a un corpus de 88 obras de mérito artístico serio, las cuales pueden servir de base para construir programas dignos de una buena mesa. Estoy seguro de que nosotros disponemos aquí en Europa de al menos otras 88. ¡Busquémoslas!

No quiero aburrirlos con tanto detalle, pueden encontrar todas estas informaciones a solo unos pocos clicks de distancia en la web.

Lo curioso y alarmante (otra vez el escalofrío) es que rara vez escuchamos en concierto las obras mencionadas. Ya sea porque la banda no puede tocarlas, o porque las condiciones del concierto no son las adecuadas y un largo numéro de excusas, que finalmente nos llevan a nivelar para abajo.

Es la crónica de una muerte segura, y mido el alcance de mis palabras. La banda no se normalizará mientras sigamos sirviendo fast-food. Los responsables son los cocineros que están al mando en las ollas. No veo a otros. Pues nuestros comensales son la familia, la gente que nos quiere y viene al concierto a vernos, más que a escucharnos. Tenemos a la clientela cautiva. Sirvámosle una comida tan buena que no puedan parar de comer, y que luego nos pidan a gritos regresar a la mesa.

Fácil. Muy fácil decirlo. La problemática puede plantearse en estos términos simples, aunque todos sabemos que la cosa es mucho más compleja. 

Tampoco voy a ser pelma con mis opiniones, ensayando una respuesta al problema. La discusión sería por cierto larga. Por el momento mi única estrategia es tratar de servir el mejor menú posible, dentro de lo que me permite la situación y el bolsillo. 

Me dedico a jugar a la contracultura. El embate de las industrias del entretenimiento es tan grande que casi me parece perdido. He visto florecer bandas y orquestas que se dedican a la música de video juegos y de bandas sonoras. ¿Porqué no si el producto está bien hecho? Hay arte pop que es increíble por cierto. Aquí el acento está en la palabra arte, claro, y no en la palabra pop.

El problema no reside allí sino en que el debate se cierra por completo cuando se sale de esas estéticas mainstream. 

Me asusta la monotonía de esa dieta peligrosa. La batalla cultural se ganará enseñando apetito por lo bello. Claro que con patatas de vez en cuando, pero sin perder la elegancia. De lo contrario seguiremos en la periferia del mundo musical, donde nuestros conciertos siguen apareciendo en los portales de eventos sociales y no en aquellos dedicados a promover la cultura.

Published by Miguel Etchegoncelay

conductor, teacher, composer

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