¡Nunca más escribiré una obra para banda!

Cuando lo escuché decirme esto pensé que bromeaba. Lo había conocido años antes, buceando en las aguas turbias de la literatura bandística, tratando de pescar alguna perla rara.

Su música había asaltado mis oídos intempestivamente con algunas obras que luego marcarían tendencia por su sonoridad diferente y por un lenguaje que, sin ser vanguardista, presentaba a la banda con un cariz provocador.

Tiempo después, luego de haber realizado algunos proyectos juntos y ya con una amistad de por medio, se sintió con la confianza necesaria como para permitirse tirar sobre la mesa una bomba de semejante calibre. Muchas veces habíamos bromeado sobre la música para banda, y sobre todo sobre su constelación de estrellas, de hecho algunas invisibles incluso por el mismo James-Webb; pero no pude menos que quedarme helado cuando descubrí que, efectivamente, no estaba bromeando.

Como toda reacción sólo atiné a mirarlo con ojos desorbitados. 

Supongo que debieran de haberse puesto como dos huevos fritos por la cara que puso. Ni siquiera pude emitir graznido alguno, o algo que se pareciera a una reacción normal. Nada. Sólo los ojazos como huevos.

Tampoco me dió demasiadas razones sobre lo repentino de su cambio de posición.

Su respuesta fue escueta y contundente « El mundo bandístico se está diluyendo rápidamente. No quiero ser parte de ello. Estoy desencantado ». 

Con esto me ayudó aún menos. No sólo por lo críptico del mensaje, sino porque logró meterme miedo.

Ya mis ojos pasaron de huevos fritos a tomates. Creo que me tuvo un poco de compasión, porque al ver mi desamparo me dijo que, en realidad, él se había enamorado de ese medio hacía muchos años, pero que se había desilusionado al ver que lo que él había conocido como algo fresco y novedoso se hubiera transformado en algo lleno de lugares comunes, en autocomplacencia y facilidad, y para remartarla, en algo de mal gusto. Que en realidad eran pocas las obras que le planteaban desafíos e interrogantes. Menos aún las que le proponían algún lenguaje o estética diferentes, que no lo dejaran indemne luego de la escucha. 

Sin ir más lejos, me estaba dando, en mis proprias narices, una definición de la función del arte. 

Cerré como pude los tomates y un escalofrío me atravesó la espalda a la velocidad de un rayo. Si eso era el arte, qué carajo era lo que estábamos tocando entonces. Me dió miedo porque temí que lo que me estaba diciendo fuera verdad.

Calma, clavemos el taco, me dije. Vayamos por parte, reflexionemos un poco. Es verdad que es un punto de vista radical sobre un tema complejo, o en todo caso que permite lecturas diferentes dependiendo de dónde pongamos el foco.

La pregunta obvia volvió como un boomerang para pegarme de lleno en pleno rostro, ¿hay obras bandísticas que sean frescas y novedosas, que no apelen a lugares comunes o a la autocomplacencia y la facilidad? ¿Las hay que no nos propinen golpes bajos y que estén basadas en el buen gusto? De repente me invadió otro tipo de sensación, más placentera, y en todo caso reconfortante. Porque la respuesta era sí. Y como en una especie de slalom alocado mi mente empezó a tirar nombres, Mozart, Beethoven, Berlioz, Strauss… y después Stravinsky, Schoenberg, Milhaud, Hindemith, Rodrigo, Brower, Varèse… y luego Lindberg, Schwanter, Corigliano, Unsuk Chin, Tippett, Yun o Birtwistle… y los nombres fluían como si provinieran de una fuente de aguas cristalinas sin fin. 

Las obras de esta gente notable vieron la luz gracias a otros otros nombres, menos conocidos por el gran público, pero que tuvieron la lucidez necesaria para acercarse a estos compositores con argumentos lo suficientemente convincentes como para obtener de ellos páginas ineludibles de la literatura. Se me viene a la mente el nombre de Robert Austin Boudreau, quien con su accionar único, logró estrenar más de 400 obras durante el siglo XX. De hecho, es muy divertido escucharlo contar anécdotas de cómo a veces tenía que ser persuasivo a la hora de obtener un encargo.

Creo que hemos llegado lejos en esto de convencer a los mejores para escribir para banda. No hay duda. Seguiremos intentándolo, incluso cuando algún nombre muy bueno se nos escape por razones tan valederas como las que hemos expuesto más arriba. Hay muchos otros ejemplos muy loables de aporte al repertorio, pienso en Tim Reynish, por ejemplo, quien a logrado obtener algunas páginas hermosas.

Estaba perdiéndome en mis elucubraciones cuando otro escalofrío volvió a atravesarme como un rayo. Es verdad que todas estas obras existen, pero ¿cuando podemos escucharlas en vivo por una banda? Rara vez, sino nunca. Ahora sí que estamos jodidos.

Lo mejor del repertorio puede ser abordado rara vez por razones que a simple vista no son tan simples. Y esto no es falta de voluntad o de conocimiento por parte de las personas que programan. A veces la primera razón sea quizas la dificultad técnica y la dificultad de lenguaje, no siempre asequibles para un músico amateur, otra razón es ciertamente la plantilla, y por último, y esto es discutible, la audiencia para la cual se toca.

En ámbitos académicos, se llamen éstos conservatorio o universidad, la encrucijada no reside en mantener o atraer un público, sino en la pedagogía, en la creación y en la experimentación artísticas, es por ello que la gran mayoría de las obras de estos compositores suelen ser abordadas. Sobre todo las de creación reciente. Aunque el impacto en términos de audiencia sea limitado. 

En ámbitos especializados, como los festivales y jornadas específicas, dedicadas a las músicas de hoy, este tipo de repertorio se encuentra en su habitat natural, y constituye un canal natural potente para la comunicación con un auditorio que va al encuentro de este tipo de estéticas, ávido de entrar en el fascinante mundo sonoro de la creación contemporánea. Aunque no deja de ser un nicho. 

Por último, los organismos profesionales son los que pueden abordar, si el calendario y la programación lo permiten (aquí los conciertos de abono siguen teniendo un peso considerable) algunas de éstas obras durante sus temporadas, en conciertos satélite de los grandes programas sinfónicos. 

Cómo olvidarme del comentario de un alumno a la salida de un ensayo de banda en el conservatorio donde trabajo. Me dijo dos cosas, que en realidad me marcaron bastante en la manera de abordar mi trabajo de maestro. El primer comentario fue « ¡pero esto no es una banda! », nuevamente mis ojos se pusieron como dos huevos fritos. « ¿pues qué es entonces? » «  pues no lo sé realmente, pero en todo caso no suena como una », «  ¡gracias por el cumplido! » fue lo primero que se me ocurrió como respuesta. Lo segundo fue «  me han dicho que cuando uno llega a este grupo, al principio no entiende nada de lo que está pasando, pero que después puede uno tocar cualquier cosa sin problemas » «  ¡Gracias otra vez! ».

Nuestra dilema quizás resida en este punto. Si basculo la reflexión al extremo opuesto, disponemos de una literatura que no podemos abordar por razones de dificultad técnica y estética, y en su remplazo, caemos en la trampa de la facilidad, pensando que nuestros músicos y público realmente están ávidos de esa clase de comida de mal gusto.

Existe un compromiso o punto medio, claro, aunque sabemos que en el arte en general, y en la música en particular, no hay nada más peligroso que la neutralidad. Hay un corpus de obras abordables y bien escritas, que están ahí fuera, esperando ser programadas, aunque aquí entran en juego los conocimientos y la cultura del maestro, quien en definitiva es el responsable de su elección. La piedra angular del sistema.

Es indispensable que en su formación haya visto y experimentado mucho. Si posible que haya practicado a alto nivel. Experimentado la orquesta, el gran repertorio, la música de cámara, incluso que tenga nociones de escritura. Que sea un ávido lector, un consumidor de arte y asiduo a conciertos de todo tipo. Clásicos y populares, sí, de los dos tipos, y que en definitiva tenga un gusto y criterios formados, pues será él quien finalemente buscará sorprender, interrogar, hacer poner incómodo al que escucha, plantearle interrogantes, sacudirlo y provocarlo. Tendrá que tomar riesgos. Tener coraje. Dar muestras de capacidades de comunicación y de pedagogía. Las mismas que muchos han utilizado para convencer a grandes creadores de volcarse a este medio. De lo contrario seremos testigos de una diáspora de artistas, y nos diluiremos en un todo líquido, donde no podamos ya competir con nadie, por incapaces de ofrecer algo fresco y novedoso, sin lugares comunes y autocomplacencia, mejor que una banda sonora, algo que nos provoque y que no nos deje indemnes. Arte. Para hacerla corta. 

Published by Miguel Etchegoncelay

conductor, teacher, composer

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